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España prohíbe el acceso de menores de 16 años a las redes sociales en un giro normativo sin precedentes
La normativa anunciada por el Gobierno establece que las grandes plataformas sociales deberán impedir que cualquier persona menor de 16 años pueda registrar o utilizar cuentas en sus servicios.
El sol de la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubái apenas había comenzado a calentar cuando Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, hizo sonar una de las campanas más resonantes de la política digital europea de los últimos años: “Vamos a proteger a los menores de 16 años del salvaje oeste digital… y eso pasa por prohibirles el acceso a las redes sociales”.
Sus palabras, pronunciadas en las últimas horas, desencadenaron una oleada de respuestas internacionales, debates parlamentarios en Madrid y una reflexión profunda sobre el futuro de la infancia en la era digital.
La normativa anunciada por el Gobierno establece que las grandes plataformas sociales deberán impedir que cualquier persona menor de 16 años pueda registrar o utilizar cuentas en sus servicios.
Aunque la idea de restringir el acceso de los más jóvenes a contenidos digitales no es nueva, la contundencia de la medida —prohibir completamente su acceso antes de esa edad— marca un punto de inflexión que pocos países europeos han adoptado tan explícitamente.
Francia y Australia han avanzado en direcciones similares, aunque con variantes en los umbrales de edad y mecanismos de verificación.
Este giro regulatorio no surge de la nada; es el desenlace de un proceso legislativo que lleva meses desarrollándose en el Congreso de los Diputados.
Desde mediados de 2024, el Gobierno y varias comisiones parlamentarias trabajaban en una Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales, que elevaba de forma progresiva la edad mínima para consentir el tratamiento de datos personales —y por ende para abrir cuentas en redes— de 14 a 16 años.
Este cambio respondía a cifras alarmantes: estadísticas oficiales y estudios independientes señalaban que la mayoría de niños españoles posee un móvil propio desde los 11 años y que cerca del 98 % de los adolescentes mantenían actividad en alguna red social. La filosofía detrás de la prohibición es contundente y en ocasiones vehemente.
El presidente Sánchez calificó a las redes como “estados fallidos” donde la desinformación, el odio y la manipulación de datos predominan, y donde operadores adultos con intereses comerciales moldean conductas y deseos de las generaciones más vulnerables.
En su discurso, no sólo defendió la prohibición de acceso para menores, sino una batería de reformas adicionales para responsabilizar penalmente a los directivos de las plataformas que no retiren contenidos ilegales y para tipificar como delito la manipulación de algoritmos con el objetivo de explotar a los usuarios.
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Pero, como toda medida de gran calado social, la prohibición ha generado reacciones diversas.
Organizaciones de defensa de la infancia y expertos en salud pública digital celebran la decisión como un avance en la protección de derechos y bienestar de los menores, en especial frente a fenómenos tan graves como el ciberacoso, el grooming y la exposición temprana a contenidos para adultos.
Para ellos, el marco legal busca reducir riesgos constatados que la digitalización ha traído a la vida cotidiana de millones de hogares.
Del otro lado del debate, asociaciones de internautas, empresas tecnológicas y sectores liberales advierten que la medida puede vulnerar libertades individuales, plantear serios problemas de verificación de edad y privacidad, y trasladar la responsabilidad parental al Estado y a las plataformas.
Señalan también que, en la práctica, los menores han demostrado capacidades para evadir restricciones digitales mediante herramientas como VPN o identidades falsas, lo que podría erosionar la eficacia de la norma y exponer a los jóvenes a riesgos aún mayores si se empujan a espacios no regulados.
La tramitación en el Congreso todavía reserva capítulos significativos. Aunque la reforma de la ley ya cuenta con avances y amplios apoyos parlamentarios, su aprobación definitiva requerirá consenso entre las fuerzas políticas con representación.
Sectores críticos señalan que la política pública debería complementar la restricción de acceso con educación digital en escuelas, programas de acompañamiento familiar y alternativas de socialización saludable fuera de las grandes plataformas comerciales.
Al mismo tiempo, España se ha sumado recientemente a una incipiente “Coalición de los Dispuestos Digitales” junto a otras naciones europeas para mejorar la coordinación normativa y compartir experiencias en la regulación de plataformas digitales.
Este movimiento internacional de gobiernos que buscan adaptar el entramado jurídico a los retos tecnológicos del siglo XXI pone sobre la mesa una pregunta crucial: ¿hasta qué punto pueden los Estados proteger a sus ciudadanos sin restringir libertades fundamentales en un entorno global y fluido como la red?.
Cuando las luces de Dubái se apagaron y la Cumbre Mundial de Gobiernos concluyó, la noticia seguía generando titulares y comentarios en toda España y Europa. Para muchos padres, adolescentes y educadores, la medida representa esperanza y preocupación a partes iguales.
Para el poder político, es la expresión de una voluntad firme de redefinir los límites de la vida digital y real de toda una generación. En cualquier caso, lo que está claro es que la decisión de prohibir a menores de 16 años el acceso a las redes sociales ha encendido un debate que apenas comienza, y cuya repercusión trascenderá mucho más allá de las fronteras españolas.
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