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Entre la indecisión y la ruptura: así votaron los venezolanos cuando Hugo Chávez llegó por primera vez al poder
Un recuerdo previo a lo que pasó en las elecciones presidenciales de 1998.
La elección presidencial del 6 de diciembre de 1998 marcó un punto de quiebre en la historia política de Venezuela. Más allá del triunfo de Hugo Chávez, los datos electorales y las encuestas previas mostraron un fenómeno más profundo: un país con millones de electores habilitados que durante meses no supieron por quién votar, desconfiaron del sistema tradicional y, en una proporción significativa, optaron por no participar o anular su voto.
Para ese proceso electoral, el universo válido no fue la población en edad de votar, sino el registro de electores habilitados, que según los cortes oficiales del entonces Consejo Supremo Electoral y las bases de datos usadas por misiones internacionales, se ubicó alrededor de 11 millones de inscritos.
Esa cifra fue la referencia para encuestas, proyecciones y cálculos posteriores de participación y abstención.
Durante buena parte de 1998, las encuestas reflejaron un escenario de alta fragmentación y desorientación electoral.
En el primer trimestre del año, estudios de firmas como Datanálisis y Consultores 21 mostraban a Irene Sáez liderando las preferencias con porcentajes que oscilaban entre el 30 y el 40 por ciento.
Chávez aparecía entonces en segundo plano, con apoyos que apenas alcanzaban entre el 15 y el 25 por ciento, mientras que Henrique Salas Römer no superaba el 10 por ciento.
El dato más revelador no estaba en los punteros, sino en el volumen de electores sin decisión: entre el 25 y el 35 por ciento de los habilitados decía no saber por quién votar o prefería no responder.
Ese nivel de indecisión equivalía, en términos absolutos, a más de tres millones de electores inscritos. No se trataba de una fluctuación menor, sino de un síntoma de agotamiento del sistema político que había dominado Venezuela durante décadas.
A mitad de año, entre mayo y julio, el panorama empezó a cambiar. Chávez consolidó su ascenso y pasó a liderar las encuestas con entre el 35 y el 45 por ciento de intención de voto.
Irene Sáez sufrió un desplome acelerado y Salas Römer comenzó a captar el respaldo de sectores que buscaban frenar al candidato outsider.
Sin embargo, incluso en ese momento, entre el 20 y el 30 por ciento de los electores habilitados seguía sin una preferencia definida.
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En el último trimestre de 1998, cuando la contienda ya estaba claramente polarizada entre Chávez y Salas Römer, las encuestas mostraban al primero con entre el 48 y el 55 por ciento de la intención de voto, frente a un 30 a 40 por ciento de su principal contendor.
Aun así, entre un 10 y un 18 por ciento de los inscritos continuaba declarando indecisión.
En números, eso significaba que hasta dos millones de ciudadanos habilitados llegaban a la recta final del proceso sin una decisión clara.
El día de la elección confirmó que esa desafección no era solo estadística. De los cerca de 11 millones de electores habilitados, votaron aproximadamente 6,99 millones, lo que se tradujo en una abstención superior al 36 por ciento.
Además, alrededor de 451.000 votos fueron clasificados como inválidos —nulos o en blanco, según el consolidado—, equivalentes a poco más del 6 por ciento de los sufragios depositados.
La Organización de los Estados Americanos, que acompañó el proceso, destacó que casi la totalidad de los votos válidos se concentró en los dos principales candidatos, reflejando una elección altamente polarizada pero sostenida sobre una base social fragmentada.
Chávez ganó la presidencia con 3,67 millones de votos, el 56,2 por ciento de los sufragios válidos. Salas Römer obtuvo 2,61 millones, cerca del 40 por ciento, mientras que las demás candidaturas quedaron reducidas a márgenes marginales.
El resultado fue contundente, pero no puede leerse de manera aislada. Llegó después de meses en los que una porción significativa del electorado habilitado expresó incertidumbre, rechazo o cansancio frente a las opciones disponibles.
Así, el triunfo de Hugo Chávez no solo representó la victoria de un candidato, sino la manifestación electoral de una crisis de representación.
Millones de venezolanos inscritos para votar pasaron buena parte de 1998 sin saber por quién inclinarse y, finalmente, una fracción considerable optó por no participar o invalidar su voto.
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