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“Sinners”: la película que convirtió un blues del Misisipi en récord histórico de 16 nominaciones al Oscar
En un año en el que la Academia volvió a premiar el riesgo, Sinners irrumpió como rara avis: una fábula de horror y época con blues, segregación y vampiros.
Esta mañana cuando se anunciaron las candidaturas de los 98.º Premios de la Academia, el nombre de Sinners apareció una y otra vez, hasta fijar un nuevo máximo: 16 nominaciones, cifra que la convirtió en la película más nominada en la historia de los Oscar.
Esa repetición, más que un golpe de popularidad, dibujó el mapa de por qué conectó con votantes de perfiles distintos: quienes suelen inclinarse por el “cine de autor” encontraron una lectura política y simbólica; quienes priorizan el oficio vieron un despliegue de producción, sonido, fotografía y música que no se queda en el adorno, sino que empuja el relato.
La película de Ryan Coogler se instala en el Misisipi de los años treinta, en plena era de leyes Jim Crow, y sigue a dos hermanos gemelos que abren un club de blues mientras enfrentan —en clave sobrenatural— el racismo, la violencia y la amenaza de criaturas nocturnas.
Esa mezcla podría haberse quedado en un concepto llamativo, pero la Academia la leyó como una rareza bien resuelta: un filme de horror —género históricamente subrepresentado en las categorías principales— que usa lo fantástico como alegoría y no como escape.
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El resultado es una película que no pide permiso para ser muchas cosas a la vez: épica íntima, musical de atmósferas, thriller sobrenatural, relato histórico. Y esa ambición, cuando se sostiene con consistencia, suele traducirse en nominaciones transversales.
Por eso Sinners no sólo quedó en Mejor película, el casillero que resume el consenso amplio, sino que también arrastró a Coogler a la dupla que define prestigio autoral: Mejor dirección y Mejor guion original.
La nominación al guion, en particular, es una pista de cómo la Academia interpretó su apuesta: no se trata sólo de “una gran idea”, sino de una estructura y una voz capaces de articular tensión, mito y contexto social sin romper el tono.
A eso se suma el reconocimiento al reparto en bloque: Michael B. Jordan entró a Mejor actor, y Delroy Lindo y Wunmi Mosakuconsiguieron nominaciones de reparto.
En otras palabras: la película no fue vista únicamente como un logro técnico, sino como una obra que “vive” en la interpretación.
El propio listado de candidaturas revela otra de sus fortalezas: Sinners fue seleccionada para el nuevo premio de Casting(incorporado en esta edición), un gesto que funciona como sello de calidad para películas donde el elenco no es accesorio, sino arquitectura.
En un filme poblado de tensiones comunitarias, música en vivo y amenaza constante, la credibilidad del mundo depende de la química entre personajes y de la verosimilitud social del entorno.
La nominación a casting sugiere que la Academia percibió ese tejido humano como una decisión creativa central, no como un resultado casual.
Si la historia se mueve al ritmo del blues, la Academia también decidió premiar ese pulso: Sinners obtuvo nominaciones a Mejor banda sonora original (con Ludwig Göransson) y a Mejor canción original por “I Lied To You”.
En los Oscar, música y sonido suelen delatar películas donde la experiencia sensorial es parte del sentido. Aquí, el blues no está puesto para “ambientar”: define el lugar, el tiempo, la identidad y el peligro.
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La música se vuelve lenguaje dramático, y esa condición suele traducirse en votos tanto de ramas artísticas como técnicas.
Ese mismo argumento se amplifica cuando se mira el paquete “de oficio”, donde Sinners apareció como una producción de alto nivel en varios frentes:
Fotografía, nominación que, además, fue destacada por medios por su rareza histórica en términos de representación.
Diseño de producción, Montaje, Sonido, Maquillaje y peluquería, Efectos visuales y Vestuario. Son categorías que, cuando se acumulan, suelen indicar algo más que “buen acabado”: indican un universo coherente.
En una película de época con componentes sobrenaturales, la coherencia es la frontera entre el artificio y la inmersión.
El vestuario y el diseño de producción anclan el Jim Crow en texturas, materiales y jerarquías visibles; el maquillaje y la peluquería sostienen la transición entre lo realista y lo monstruoso; el sonido y el montaje administran el miedo; la fotografía decide cuándo el club es refugio y cuándo es trampa; los efectos visuales, si están, deben servir sin delatarse.
Dentro de ese bloque, hubo un detalle que se convirtió en noticia por sí mismo: la nominación al vestuario llevó a Ruth E. Carter a un registro histórico de nominaciones, y la de fotografía fue leída como un hito por su baja frecuencia para mujeres en esa categoría.
Lo relevante, más allá del titular, es lo que implica para Sinners: su artesanía fue lo bastante visible y determinante como para que el voto técnico se alineara con el voto “de arriba” (película, dirección, actuaciones). Esa alineación es precisamente lo que produce cifras como dieciséis.
En total, las 16 nominaciones de Sinners (según el listado oficial difundido por AP) fueron: Mejor película; Mejor dirección; Mejor actor (Michael B. Jordan); Mejor actor de reparto (Delroy Lindo); Mejor actriz de reparto (Wunmi Mosaku); Mejor guion original; Mejor canción original; Mejor banda sonora original; Casting; Mejor sonido; Mejor fotografía; Mejores efectos visuales; Mejor diseño de producción; Mejor montaje; Maquillaje y peluquería; Mejor diseño de vestuario.
Hay, además, un factor que suele acompañar estos fenómenos: la película llegó a la conversación con peso industrial y cultural, como uno de los títulos que, según reportes, dominó la mañana de nominaciones y empujó a Warner Bross a un resultado histórico en conjunto.
Y aunque la taquilla no vota, sí ayuda a mantener una película “viva” en la temporada: medios como The Guardian consignaron que el filme ya había acumulado una cifra global relevante al momento del anuncio.
Cuando una película combina conversación pública, ambición artística y excelencia técnica, su nombre aparece en más papeletas.
Lo que queda, de cara a la ceremonia del 15 de marzo de 2026, es el otro tramo del relato: si el récord de nominaciones se convierte en una noche de victorias o en la historia —más común de lo que se cree— de un filme que enamoró a muchas ramas, pero se repartió los premios con rivales fuertes.
Pero incluso antes de esa última votación, Sinners ya aseguró lo más difícil: instalarse como el raro punto de cruce donde la Academia —a la vez conservadora y cambiante— decide que una película de horror puede ser, también, la película del año.
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